18
de abril de 1993 en Llíria. Tarde soleada y ambiente por todo lo
alto. Cáceres regresaba al Plà de l'Arc para decidir en un 5º y
definitivo partido quién se llevaba el Play-out y quién se hundía
en la 1ª B. La afición cacereña se dio cita en torno al millar de
personas. Pese al 2-2 que registraba hasta ese momento la serie, las
sensaciones eran bien distintas. Nadie lo admitía pero todo el mundo
pensaba que los extremeños debían haber solucionado el asunto mucho
antes. Otros, incluso, creíamos que ni siquiera debían estar
disputando el Play-out. Así se presentaba el desenlace.
Accedí
al pabellón por la puerta de abajo, la que conduce a vestuarios.
Saludé a la gente de seguridad y apareció Marcelino, viejo camarada
de tertulias baloncestísiticas, del Llíria hasta las trancas y
profesor en el instituto donde yo estudiaba, aunque él ejercía en
una rama diferente a la que yo cursaba. Me hizo entrega de mi
entrada, que mostré a los de seguridad, y nos despedimos ahí mismo
ya que teníamos ubicaciones opuestas en la grada. A mí me tocaba en
medio de la afición extremeña, justo en la parte contraria a donde
se hallaba la puerta.
No
tuve problemas en encontrar un acceso a la grada desde abajo, conocía
bien aquellos túneles. Decidí tomar el camino que mejor conocía,
el del vestuario arbitral. Lo que no pensé es que para llegar allí
tenía que pasar por delante de los vestuarios de jugadores. No tardé
en divisar la figura de un hombre vestida con traje azul oscuro.
Menudo, enjuto, a cada paso que daba hacia él se me iba haciendo más
familiar. Allí estaba el sheriff. Daba pasos pausados en círculo,
meditabundo, con los brazos cruzados. Mientras su mano izquierda
estaba donde debía, la derecha se rascaba nerviosamente su barbilla.
Al pasar junto a él no pude callarme. Con el mejor acento catalán
que fui capaz de disfrazar mi valenciano contaminado de ciudad le
dije:
-No
sé qué cony feu jugant un cinqué partit, pero molta sort Manel.
Apenas
levantó la mirada, esbozó una media sonrisa y sin dejar de mantener
los brazos cruzados se encogió de hombros y me respondió
-Gracies,
jo tampoc.
Cada
uno seguimos a lo nuestro. El trazando círculos y pensando en el
partido. Yo buscando la puerta de acceso a la grada.
Hasta
muchas horas después de finalizado el partido, con el guión que por
desgracia había supuesto antes de empezar, no fui consciente del
jardín en el que había estado a punto de meterme. Todo Dios
sabíamos de sus malas pulgas. Por fortuna para mí a Llíria vino
sin ellas.
Estés
donde estés, sigue siendo como fuiste, porque algún día espero
volver a saludarte.
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