lunes, 17 de junio de 2013

Mi encuentro con el Sheriff


18 de abril de 1993 en Llíria. Tarde soleada y ambiente por todo lo alto. Cáceres regresaba al Plà de l'Arc para decidir en un 5º y definitivo partido quién se llevaba el Play-out y quién se hundía en la 1ª B. La afición cacereña se dio cita en torno al millar de personas. Pese al 2-2 que registraba hasta ese momento la serie, las sensaciones eran bien distintas. Nadie lo admitía pero todo el mundo pensaba que los extremeños debían haber solucionado el asunto mucho antes. Otros, incluso, creíamos que ni siquiera debían estar disputando el Play-out. Así se presentaba el desenlace.



Accedí al pabellón por la puerta de abajo, la que conduce a vestuarios. Saludé a la gente de seguridad y apareció Marcelino, viejo camarada de tertulias baloncestísiticas, del Llíria hasta las trancas y profesor en el instituto donde yo estudiaba, aunque él ejercía en una rama diferente a la que yo cursaba. Me hizo entrega de mi entrada, que mostré a los de seguridad, y nos despedimos ahí mismo ya que teníamos ubicaciones opuestas en la grada. A mí me tocaba en medio de la afición extremeña, justo en la parte contraria a donde se hallaba la puerta.



No tuve problemas en encontrar un acceso a la grada desde abajo, conocía bien aquellos túneles. Decidí tomar el camino que mejor conocía, el del vestuario arbitral. Lo que no pensé es que para llegar allí tenía que pasar por delante de los vestuarios de jugadores. No tardé en divisar la figura de un hombre vestida con traje azul oscuro. Menudo, enjuto, a cada paso que daba hacia él se me iba haciendo más familiar. Allí estaba el sheriff. Daba pasos pausados en círculo, meditabundo, con los brazos cruzados. Mientras su mano izquierda estaba donde debía, la derecha se rascaba nerviosamente su barbilla. Al pasar junto a él no pude callarme. Con el mejor acento catalán que fui capaz de disfrazar mi valenciano contaminado de ciudad le dije:



-No sé qué cony feu jugant un cinqué partit, pero molta sort Manel.



Apenas levantó la mirada, esbozó una media sonrisa y sin dejar de mantener los brazos cruzados se encogió de hombros y me respondió



-Gracies, jo tampoc.



Cada uno seguimos a lo nuestro. El trazando círculos y pensando en el partido. Yo buscando la puerta de acceso a la grada.



Hasta muchas horas después de finalizado el partido, con el guión que por desgracia había supuesto antes de empezar, no fui consciente del jardín en el que había estado a punto de meterme. Todo Dios sabíamos de sus malas pulgas. Por fortuna para mí a Llíria vino sin ellas.



Estés donde estés, sigue siendo como fuiste, porque algún día espero volver a saludarte.




No hay comentarios:

Publicar un comentario